Comen mal, no se hidratan lo suficiente, no descansan bien y se mueven poco. Actuar ahora es indispensable para modificar ese combo nocivo.

En la actualidad, los chicos se mueven poco y consumen muchísimas horas de distintas pantallas.

Los niños no se alimentan bien, los niños no se hidratan bien, los niños no descansan bien, los niños no se mueven lo suficiente, los niños no hacen deporte, los niños consumen muchísimas horas de distintas pantallas, los niños tienen agendas muy cargadas de actividades, cada vez disfrutan de menos juego activo y espontáneo, cada vez hacen menos actividades al aire libre, cada vez están más comunicados y a la vez cada vez más intensamente incomunicados, cada vez más emocionalmente…. ¿Emocionalmente cómo?

Niños violentos, que discriminan, que hacen bullying, con más grasa, sobrepeso y obesidad, con hipertensión, colesterol y diabetes, con problemas posturales y cuellos de piedra, con pulgares cada vez más entrenados y fuertes, pero con cuerpos muscularmente débiles, siendo justamente todos los músculos fuertes los que indudablemente nos permitirán vivir más y mejor. Niños hiperactivos, niños con déficit de atención, niños…

¿Quieren ver números, estadísticas, porcentajes? Son importantes, por supuesto, siempre, para identificar la gravedad de la situación y saber de dónde partimos ¿Pero con qué fin? ¿Alguna conducta o política novedosa para cambiar esta realidad? ¿Hemos identificado acaso los responsables de lo que ocurre con los más pequeños?

Desde mi lugar de padre, pediatra y deportólogo, tengo bastante en claro que los niños deben alimentarse correctamente consumiendo todos los días alimentos como frutas, verduras, proteínas de alto valor biológico, ácidos grasos saludables, con muchos colores. Deben hidratarse adecuadamente con los líquidos apropiados, dormir mínimo 8 a 10 hs por día, realizar actividad física de intensidad moderada a alta durante una hora a diario todos los días de la semana (sí, todos los días, incluso sábados y domingos), restringir las horas de pantalla a una hora y media por día con fines recreacionales y a 2 horas por día si es con fines educativos. ¿Por qué esto? Porque si se restringe el acceso a las pantallas, los chicos juegan activamente en forma espontánea, y si además juegan con pares se comunican más, sonríen, se pelean, se enojan, charlan entre ellos. Tengo “re claro” -como dicen ellos- que los niños no son adultos en miniatura.

Les aseguro que todo esto lo sabemos muchos profesionales que trabajamos a diario con ellos y personalmente lo transmito constantemente junto a todo mi equipo de trabajo, sin embargo la situación está cada vez peor, y no parece mejorar en el corto ni en el mediano plazo. “¿Pero, qué onda?”, también dirían ellos.

¿Acaso no somos nosotros, los adultos, los responsables en gran medida de todo esto? ¿Acaso no son nuestros hijos un reflejo de nuestros hábitos, estilos de vida y educación? ¿No creen que el mejor y más valioso regalo que podemos hacer como grandes a nuestros niños es conocerlos mejor, conocer a sus amigos, dedicarles a diario tiempo de calidad para compartir con ellos, para escucharlos? Debemos dejar de ser pares y volver a ser los grandes con todo lo que esto implica para saldar deudas que tenemos con esta, definitivamente, nueva infancia. Nos hace falta una escuela distinta, actualizada, creativa, que se integre al nuevo mundo, que re-signifique valores como el esfuerzo y la dedicación, más adultos que eduquemos con el ejemplo, hace falta que los más grandes pensemos en qué infancia estamos construyendo como sociedad.

En el consultorio me preguntan a menudo si existe, y a veces directamente me piden, una “pastilla mágica” para que los chicos se alimenten e hidraten bien todos los días, duerman lo necesario, hagan deporte y además estén todos los días contentos. Lamento informarles que todos esos beneficios no los produce una pastilla, somos nosotros, los adultos, responsables de que nuestros niños incorporen esos hábitos todos los días. Necesitamos dejar de buscar atajos o respuestas milagrosas. Señor, señora, la línea de largada para el verdadero comienzo de un cambio está en nosotros mismos.

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